Aquí debería mostrarse una vista general de Lanjarón

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El autor

Varón, de 41 años, natural y residente en Lanjarón...
Pero el protagonista de la web no soy yo, sino el pueblo. Dediquémonos, pues, a aprender sobre él.
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Historia de Lanjarón

 ¿Quién fundó Lanjarón? A ciencia cierta no se sabe pero posiblemente fue un grupo de colonizadores beréberes allá por el siglo XIII. Y digo posiblemente porque antes del siglo XIII no hay seguridad acerca de la ocupación humana en lo que hoy es el término de Lanjarón, pero el que no sea segura no quiere decir que no la hubiese. Hay indicios razonables de que en época romana hubo algún tipo de presencia e incluso de que, antes, pastores o cazadores fenicios se llegaron hasta aquí, siquiera fuese ocasionalmente. De hecho se ha sugerido que el nombre pudiera tener una procedencia latina, derivado del topónimo lancharum, aumentativo de lacus, fuente o manantial. Pero también es posible que sea de origen árabe, una castellanización de Al-lancharon, lugar de manantiales.

 Efectivamente son los beréberes, originarios de lo actualmente es Libia, quienes hacen de Lanjarón, ya con seguridad, su morada allá por el siglo XIII. Pese a que pudiera pensarse otra cosa, por no poder contemplarse hoy en día monumentos en la localidad de origen berebere, dejaron estas gentes una huella imborrable en el pueblo: nada menos que el sistema de acequias y de cultivo en bancales. Fueron ellos quienes domesticaron la actual vega de Lanjarón, quienes, habituados a un uso lo más racional posible del agua por su escasez en su tierra de origen, consiguieron poner en regadío, a base de construir canalizaciones desde el río, la falda del cerro del Caballo en que hoy en día se asienta la villa. También iniciaron ellos la que sería la actividad productiva más característica de Lanjarón durante siglos, la sedería, para lo cual plantaron incontables moreras y criaron gusanos de seda. La ausencia total de tal producción hoy no debe llevarnos a subestimar la importancia que en su día tuvo. Por lo demás durante la dominación islámica Lanjarón compartiría los avatares que sucedieron en los distintos reinos a que perteneció.

Cartel de entrada Pero finalmente pasó a manos cristianas. No he podido determinar si fue en 1.490, a manos de tropas de Fernando el Católico, o en 1.492, con la rendición general de reino de Granada, pero poco importa actualmente, cayó Granada y cayó Lanjarón. No se sabe de dónde surgió la leyenda de que el defensor del castillo, un oficial negro, se dice, viendo que las tropas cristianas iban a tomar la fortaleza, se arrojó desde lo alto. Nada hay de cierto en ello.

 Quedaron, pues, los moriscos, como súbditos de su majestad católica, más por condescendencia de los conquistadores, al menos en la mentalidad de la época, que por derecho propio, por muchas capitulaciones que se hubiesen firmado. Y fueron los moriscos quienes protagonizaron el que quizá sea el acontecimiento más destacado de la historia de la Alpujarra, la rebelión de la comarca. Ocurrió como reacción al llamado edicto de la Junta de la Capilla Real de Granada, promulgado en 1.567, que de cumplirse acabaría con cualquier vestigio de las costumbres de los habitantes de origen africano, prohibiendo actividades como los baños públicos o el uso de la lengua árabe. Aunque el celo religioso pudo ser el principal motivo de tal edicto no debe olvidarse el temor de los cristianos a la presencia de espías de la otra orilla del Mediterráneo, ayudados por la población peninsular de origen berebere. Intentaron negociar los moriscos durante un año, pero viendo que el rey no cedía se rebelaron abiertamente en 1.568.

 Aunque las acciones militares se desarrollaron el interior de la comarca sí ocurrió en Lanjarón uno de los acontecimientos más dramáticos de su historia. Había mandado Abén Humeya, jefe de los sublevados, a Farax Ben Farax, su principal lugarteniente, a la comarca con el encargo de saquear a los cristianos, especialmente los templos, y apoderarse de todo el botín que pudiese. Mandaba un pequeño ejército reunido a prisa entre los partidarios de la rebelión e integrado, como era de suponer, sobre todo por bandidos y gente al margen de la Ley que, en vista de la agitación, intentaba sacar lo que pudiese; más una banda de salteadores que otra cosa. Llegó a nuestra localidad el domingo 26 de diciembre de 1568. Los leales al rey, temiéndolo, se habían refugiado en la iglesia. Allí, aterrados, esperaban acontecimientos, quizá confiasen en que alguien aún los salvara. Pero para su espanto lo que descubrieron fue que el humo lo inundaba todo. Sí, Farax había dispuesto prender el edificio y quemarlos dentro. Qué desesperación, cuánto pavor debieron sentir los cristianos en esos angustiosos momentos. Las lágrimas no dejarían de correr por las mejillas de mujeres y niños, incluso los hombres temblarían de miedo. Pero no, los rebeldes no iban a tener clemencia, no conocía bien a Farax quien tal cosa esperase de él. Uno de los encerrados, Juan Bautista, intentó una huida a la desesperada, subió hasta una abertura y se descolgó por el exterior. Mas para su desgracia fue apresado. Pidió, suplicó por su vida, pero inmisericordes los amotinados se ensañaron en él. Mil cuchilladas se hundían en su cuerpo al tiempo que se retorcía de dolor, hasta que finalmente su voz se ahogó en un charco de sangre y vísceras esparcidas por el suelo. Pero el drama no había concluido todavía, dentro el resto de cristianos también gritaba. Desde fuera se podían oír claramente sus alaridos, casi inhumanos en los momentos finales, ya completamente rotos por el dolor. El techo del edificio se hundió sepultando a quienes habían pensado encontrar refugio en su interior, pero incluso después del hundimiento hemos de suponer que parte de ellos no habrían muerto del todo y allí, semienterrados, todavía agonizarían unos minutos más, ya con la conciencia casi perdida, mientras sus verdugos reirían mofándose de ellos y se darían al saqueo. Ese día algo cambió para siempre en Lanjarón. Dieciséis personas habían dejado la vida en su iglesia, seguramente sus espíritus siguen deambulando entre las piedras de nuestro reedificado templo.

 No olvide el amable visitante de nuestra localidad estos terribles acontecimientos y, aunque el aspecto apacible, calmado, de este nuestro pueblo parezca indicar otra cosa, recuerde que aquí, en sus calles, entre sus piedras, han tenido lugar dramas espantosos, muertes violentas y luchas sin cuartel.

Don Juan de Austria, hijo de Carlos I. Posiblemente pernoctó en Lanjarón La guerra se desarrolló a base de escaramuzas y emboscadas, recibiendo ayuda desde África los sublevados, hasta que en 1.570 don Juan de Austria, hermano bastardo de Felipe II, al mando de un ejército regular, se adentró en la zona y, para 1.571, ahogó cualquier foco de insurrección. Seguramente pernoctó, en su marcha hacia la Alpujarra, en nuestro pueblo. Los moriscos fueron expulsados definitivamente de nuestra comarca ―años después lo serían de toda España―. Pese a no figurar con letras destacadas en los libros de historia, no fue la guerra de las Alpujarras una mera anécdota, llegando a reunir hasta diez mil combatientes por el lado árabe, algunos venidos de África; posiblemente no menos por el cristiano.

 Pero todo pasa ―y todo queda, ciertamente― y pasó la guerra de las Alpujarras, con su secuela de muertes y destrucción. Lanjarón se quedó despoblado ―lo que indica, dicho sea de paso, que los actuales lanjaronenses no somos los descendientes de quienes vivieron esos acontecimientos― La corona dispuso que se repoblase con ochenta y cinco familias de fuera de Granada ―calcularían ellos que esa era la población óptima―, aunque al final sólo se asentaron cuarenta y tres. En los documentos oficiales se denominaba a Lanjarón con el epíteto de del Valle, lo que nos indica que históricamente hemos estado vinculados más bien al valle de Lecrín que a la Alpujarra, aunque en tiempos recientes se decidiese la incorporación a la mancomunidad de municipios de esta última comarca, posiblemente por razones económicas. Los siglos siguientes no conocieron alteraciones tan reseñables como las anteriores y la vida en Lanjarón transcurrió pacífica y sin grandes sobresaltos.

 En mil setecientos cincuenta y dos se inventarió con cierto detalle la riqueza de Lanjarón, con motivo de la confección del catastro de Ensenada. En él se describen los molinos, las tahonas, la calidad de las tierras y, en general, cuantos detalles de tipo económico creyeron relevantes sus autores. Lanjarón seguía perteneciendo al partido del valle de Lecrín, no a la Alpujarra, por más que, como digo, hoy en día esto nos sorprenda.

 Aunque las aguas y los nacimientos siempre han estado ahí fue a finales del siglo XVIII cuando alguien debió darse cuenta de las propiedades curativas de las mismas. No sería extraño que se produjese tal descubrimiento en 1.770, como se ha afirmado. En una memoria publicada en 1.840 el doctor Medina Estévez detalla que las aguas medicinales proceden de los nacimientos Capilla (aprovechada desde 1.774), Capuchina (desde 1.792), las del Salado y Salud (desde 1.820), y las Gómez y Agria del Río (desde 1.828). A partir de tales fechas el uso de esos manantiales no ha hecho si no incrementarse.

 Un periodo algo más convulso fue el de finales del siglo XIX. En 1.873 se inauguró el actual cementerio, habiendo estado el anterior junto a la iglesia ―¿nos estaremos sentando a oír misa junto a los restos de nuestros antepasados?―. Tuvo el dudoso honor de hacerlo José María Maya Heredia, de etnia gitana y muerto en una reyerta. Por otra parte en 1.885 azotó estas tierras la que sería la última gran epidemia de cólera. Y para mas inri el 26 de diciembre de 1.886 se sintió un terremoto que causó grandes daños en toda la zona. ¿Casualidad que fuese un 26 de diciembre, el mismo día que la tragedia de la iglesia, aunque trescientos dieciocho años después? La pregunta quedará siempre en el aire.

 La industrialización pasó de largo por Lanjarón y la agricultura continuó siendo, hasta finales del siglo XX, la actividad casi única de los habitantes del pueblo, excepción hecha, ya para la segunda mitad del pasado siglo, del balneario y la planta embotelladora. Durante la guerra civil Lanjarón quedó, casi desde el principio, en el bando rebelde, y a cierta distancia del frente, situado en la sierra de Lújar, lo que evitó que se produjese aquí una gran devastación. Cayeron algunas bombas lanzadas por la aviación leal, pero sin causar muchos daños. Sí que se alteró, desde luego, la vida del pueblo y, por ejemplo, el colegio de la Santísima Trinidad de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul albergó un hospital para los heridos.

 Precisamente ese centro, el colegio de la Santísima Trinidad, fue el único que se ocupó de la educación de los lanjaronenses, junto con una escuela particular situada en la plaza del ayuntamiento, hasta que en 1.963 se inauguró el colegio Lucena Rivas.

 Con la llegada de la democracia poco se ha alterado en Lanjarón. La extinta UCD gobernó en su momento y sociatas y peperos se han alternado después, sin que ninguno de esos partidos haya sido capaz de remediar el decaimiento y la sangría demográfica, fruto del primero, que acosan a este pueblo.