Historia de Lanjarón
¿Quién fundó Lanjarón? A ciencia cierta
no se sabe pero posiblemente fue un grupo de colonizadores
beréberes allá por el siglo XIII. Y digo posiblemente
porque antes del siglo XIII no hay seguridad acerca de la
ocupación humana en lo que hoy es el término de
Lanjarón, pero el que no sea segura no quiere decir que no la
hubiese. Hay indicios razonables de que en época romana hubo
algún tipo de presencia e incluso de que, antes, pastores o
cazadores fenicios se llegaron hasta aquí, siquiera fuese
ocasionalmente. De hecho se ha sugerido que el nombre pudiera tener una
procedencia latina, derivado del topónimo lancharum, aumentativo
de lacus, fuente o manantial. Pero también es posible que sea de
origen árabe, una castellanización de Al-lancharon, lugar
de manantiales.
Efectivamente son los beréberes, originarios de lo
actualmente
es Libia, quienes hacen de Lanjarón, ya con seguridad, su morada
allá por el siglo XIII. Pese a que pudiera pensarse otra cosa,
por no poder contemplarse hoy en día monumentos en
la localidad de origen berebere, dejaron estas gentes una huella
imborrable en el pueblo: nada menos que el sistema de acequias y de
cultivo en bancales. Fueron ellos quienes domesticaron la actual vega
de Lanjarón, quienes, habituados a un uso lo más racional
posible del agua por su escasez en su tierra de origen, consiguieron
poner en regadío, a base de construir canalizaciones desde el
río, la falda del cerro del Caballo en que hoy en día se
asienta la villa. También iniciaron ellos la que
sería la actividad productiva más característica
de Lanjarón durante siglos, la sedería, para lo cual
plantaron incontables moreras y criaron gusanos de seda. La ausencia
total de tal producción hoy no debe llevarnos a subestimar la
importancia que en su día tuvo. Por lo demás durante la
dominación islámica Lanjarón compartiría
los avatares que sucedieron en los distintos reinos a que
perteneció.
Pero finalmente pasó a manos cristianas. No he podido
determinar
si fue en 1.490, a manos de tropas de Fernando el Católico, o en
1.492, con la rendición general de reino de Granada, pero poco
importa actualmente, cayó Granada y cayó Lanjarón.
No se sabe de dónde surgió la leyenda de que el defensor
del castillo, un oficial negro, se dice, viendo que las tropas
cristianas iban a tomar la fortaleza, se arrojó desde lo alto.
Nada hay de cierto en ello.
Quedaron, pues, los moriscos, como súbditos de su majestad
católica, más por condescendencia de los conquistadores,
al menos en la mentalidad de la época, que por derecho propio,
por muchas capitulaciones que se hubiesen firmado. Y fueron los
moriscos quienes protagonizaron el que quizá sea el
acontecimiento más destacado de la historia de la Alpujarra, la
rebelión de la comarca. Ocurrió como reacción al
llamado edicto de la Junta de la Capilla Real de Granada, promulgado en
1.567, que de cumplirse acabaría con cualquier vestigio de las
costumbres de los habitantes de origen africano, prohibiendo
actividades como los baños públicos o el uso de la lengua
árabe. Aunque el celo religioso pudo ser el principal motivo de
tal edicto no debe olvidarse el temor de los cristianos a la presencia
de espías de la otra orilla del Mediterráneo, ayudados
por la población peninsular de origen berebere. Intentaron
negociar los moriscos durante un año, pero viendo que el rey no
cedía se rebelaron abiertamente en 1.568.
Aunque las acciones militares se desarrollaron el interior de la
comarca sí ocurrió en Lanjarón uno de los
acontecimientos más dramáticos de su historia.
Había mandado Abén Humeya, jefe de los sublevados, a Farax Ben Farax, su principal
lugarteniente, a la comarca con el encargo de saquear a los cristianos,
especialmente los templos, y apoderarse de todo el botín que
pudiese. Mandaba un pequeño ejército reunido a prisa
entre los partidarios de la rebelión e integrado, como era de
suponer, sobre todo por bandidos y gente al margen de la Ley que, en
vista de la agitación, intentaba sacar lo que pudiese;
más una banda de salteadores que otra cosa. Llegó a
nuestra localidad el domingo 26 de diciembre de 1568. Los leales al rey, temiéndolo, se
habían refugiado en la iglesia. Allí, aterrados,
esperaban acontecimientos, quizá confiasen en que alguien
aún los salvara. Pero para su espanto lo que descubrieron fue
que el humo lo inundaba todo. Sí, Farax había dispuesto
prender el edificio y quemarlos dentro. Qué
desesperación, cuánto pavor debieron sentir los
cristianos en esos angustiosos momentos. Las lágrimas no
dejarían de correr por las mejillas de mujeres y niños,
incluso los hombres temblarían de miedo. Pero no, los rebeldes
no iban a tener clemencia, no conocía bien a Farax quien tal
cosa esperase de él. Uno de los encerrados, Juan Bautista,
intentó una huida a la desesperada, subió hasta una
abertura y se descolgó por el exterior. Mas para su desgracia
fue apresado. Pidió, suplicó por su vida, pero
inmisericordes los amotinados se ensañaron en él. Mil
cuchilladas se hundían en su cuerpo al tiempo que se
retorcía de dolor, hasta que finalmente su voz se ahogó
en un charco de sangre y vísceras esparcidas por el suelo. Pero
el drama no había concluido todavía, dentro el resto de
cristianos también gritaba. Desde fuera se podían
oír claramente sus alaridos, casi inhumanos en los momentos
finales, ya completamente rotos por el dolor. El techo del edificio se
hundió sepultando a quienes habían pensado encontrar
refugio en su interior, pero incluso después del hundimiento
hemos de suponer que parte de ellos no habrían muerto del todo y
allí, semienterrados, todavía agonizarían unos
minutos más, ya con la conciencia casi perdida, mientras sus
verdugos reirían mofándose de ellos y se darían al
saqueo. Ese día algo cambió para siempre en
Lanjarón. Dieciséis personas habían dejado la vida
en su iglesia, seguramente sus espíritus siguen deambulando
entre las piedras de nuestro reedificado templo.
No olvide el amable visitante de nuestra localidad estos
terribles
acontecimientos y, aunque el aspecto apacible, calmado, de este nuestro
pueblo parezca indicar otra cosa, recuerde que aquí, en sus
calles, entre sus piedras, han tenido lugar dramas espantosos, muertes
violentas y luchas sin cuartel.
La guerra se desarrolló a base de escaramuzas y
emboscadas,
recibiendo ayuda desde África los sublevados, hasta que en 1.570
don Juan de Austria, hermano bastardo de Felipe II, al mando de un
ejército regular, se adentró en la zona y, para 1.571,
ahogó cualquier foco de insurrección. Seguramente
pernoctó, en su marcha hacia la Alpujarra, en nuestro pueblo.
Los moriscos fueron expulsados definitivamente de nuestra comarca
―años después lo serían de toda España―.
Pese a no figurar con letras destacadas en los libros de historia, no
fue la guerra de las Alpujarras una mera anécdota, llegando a
reunir hasta diez mil combatientes por el lado árabe, algunos
venidos de África; posiblemente no menos por el cristiano.
Pero todo pasa ―y todo queda, ciertamente― y pasó la
guerra de
las Alpujarras, con su secuela de muertes y destrucción.
Lanjarón se quedó despoblado ―lo que indica, dicho sea de
paso, que los actuales lanjaronenses no somos los descendientes de
quienes vivieron esos acontecimientos― La corona dispuso que se
repoblase con ochenta y cinco familias de fuera de Granada
―calcularían ellos que esa era la población
óptima―, aunque al final sólo se asentaron cuarenta y
tres. En los documentos oficiales se denominaba a Lanjarón con
el epíteto de del Valle, lo que nos indica que
históricamente hemos estado vinculados más bien al valle
de Lecrín que a la Alpujarra, aunque en tiempos recientes se
decidiese la incorporación a la mancomunidad de municipios de
esta última comarca, posiblemente por razones
económicas. Los siglos siguientes no conocieron alteraciones tan
reseñables como las anteriores y la vida en Lanjarón
transcurrió pacífica y sin grandes sobresaltos.
En mil setecientos cincuenta y dos se inventarió con
cierto
detalle la riqueza de Lanjarón, con motivo de la
confección del catastro de Ensenada. En él se describen
los molinos, las tahonas, la calidad de las tierras y, en general,
cuantos detalles de tipo económico creyeron relevantes sus
autores. Lanjarón seguía perteneciendo al partido del
valle de Lecrín, no a la Alpujarra, por más que, como
digo, hoy en día esto nos sorprenda.
Aunque las aguas y los nacimientos siempre han estado ahí
fue a
finales del siglo XVIII cuando alguien debió darse cuenta de las
propiedades curativas de las mismas. No sería extraño que
se produjese tal descubrimiento en 1.770, como se ha afirmado. En una
memoria publicada en 1.840 el doctor Medina Estévez detalla que
las aguas medicinales proceden de los nacimientos Capilla (aprovechada
desde 1.774), Capuchina (desde 1.792), las del Salado y Salud (desde
1.820), y las Gómez y Agria del Río (desde 1.828). A
partir de tales fechas el uso de esos manantiales no ha hecho si no
incrementarse.
Un periodo algo más convulso fue el de finales del siglo
XIX. En
1.873 se inauguró el actual cementerio, habiendo estado el
anterior junto a la iglesia ―¿nos estaremos sentando a
oír misa junto a los restos de nuestros antepasados?―. Tuvo el
dudoso honor de hacerlo José María Maya Heredia, de etnia
gitana y muerto en una reyerta. Por otra parte en 1.885 azotó
estas tierras la que sería la última gran epidemia de
cólera. Y para mas inri el 26 de diciembre de 1.886 se
sintió un terremoto que causó grandes daños en
toda la zona. ¿Casualidad que fuese un 26 de diciembre, el mismo
día que la tragedia de la iglesia, aunque trescientos dieciocho
años después? La pregunta quedará siempre en el
aire.
La industrialización pasó de largo por
Lanjarón y
la agricultura continuó siendo, hasta finales del siglo XX, la
actividad casi única de los habitantes del pueblo,
excepción hecha, ya para la segunda mitad del pasado siglo, del
balneario y la planta embotelladora. Durante la guerra civil
Lanjarón quedó, casi desde el principio, en el bando
rebelde, y a cierta distancia del frente, situado en la sierra de
Lújar, lo que evitó que se produjese aquí una gran
devastación. Cayeron algunas bombas lanzadas por la
aviación leal, pero sin causar muchos daños. Sí
que se alteró, desde luego, la vida del pueblo y, por ejemplo,
el colegio de la Santísima Trinidad de las Hijas de la Caridad
de San Vicente de Paul albergó un hospital para los heridos.
Precisamente ese centro, el colegio de la Santísima
Trinidad,
fue el único que se ocupó de la educación de los
lanjaronenses, junto con una escuela particular situada en la plaza del
ayuntamiento, hasta que en 1.963 se inauguró el colegio Lucena
Rivas.
Con la llegada de la democracia poco se ha alterado en
Lanjarón.
La extinta UCD gobernó en su momento y sociatas y peperos se han
alternado después, sin que ninguno de esos partidos haya sido
capaz de remediar el decaimiento y la sangría
demográfica, fruto del primero, que acosan a este pueblo.
