| Propuesta para un paseo por Lanjarón |
![]() He debatido mucho conmigo mismo sobre si colocar este apartado antes o después del que lleva por título Qué ver. No sé si habré acertado. En cualquier caso se debe leer con un ojo puesto en el antes mencionado, pues no hay mejor excusa para pasear por Lanjarón que la de ver lo que el pueblo pueda mostrarnos. Si entramos en Lanjarón por su acceso oeste, como hacen la grandísima mayoría de nuestros visitantes, podemos optar por dejar nuestro vehículo junto al pequeño parque que hay a la entrada, levantado en el solar que dejó la rectificación de una curva de la carretera, ahora convertida en recta. Precisamente en esa curva, hoy en desuso, seguro que encontraremos sitio para aparcar. Allí mismo nos llamará la atención un pilar de tres chorros, llamado pilar de Las Adelfas. Es nuestro primer encuentro con las aguas de Lanjarón. Si llegamos en transporte público —lo que, por otra parte, es una excelente opción— podemos seguir el paseo que a continuación describo con sólo realizar algunas adaptaciones.Comenzando por dicho pilar debemos volver un poco sobre nuestros pasos para visitar la ermita de San Isidro, a unos doscientos metros, y a la que se llega tras subir una prolongada escalera. Sin duda deberemos descansar unos minutos antes de volver a bajar. Ya de vuelta pasamos junto a la llamada cañona, a la derecha de la carretera, primero de los cañones que veremos y situado en lo que es, a su vez, un excelente mirador desde el que se contempla una magnífica vista del castillo y de parte del pueblo. Continuamos caminando y tropezamos ya con la acera. Comienza ésta en una recta llana que deberemos completar y aún seguir cuando comience la pendiente descendente. No muy lejos tropezamos con la entrada del parque del Salado —a nuestra derecha, siempre siguiendo el sentido que llevamos—, al que debemos acceder. Poblado de grandes eucaliptos es el parque principal del pueblo y en verano se celebran en él diversos actos, como talleres para niños por las mañanas y tardes o bailes para los adultos por las noches. Salimos de dicho parque por su salida este, no por la que hemos entrado, y nuevamente nos encontramos en la acera. Estamos ante la oficina de turismo de la Alpujarra, y frente a ella el balneario. Si está abierto está bien pasar y ver el hermoso salón de la entreplanta y degustar el agua, de libre acceso, que mana en las fuentes instaladas en tal salón. Volvemos a salir y, muy cerca de allí, vemos los jardines del propio balneario, en la acera de enfrente, los llamados jardines de la Capuchina. Nuevamente, si están abiertos, lo que no es tan frecuente, deberemos adentrarnos en ellos y contemplar este buen ejemplo de zona ajardinada, de propiedad no pública —pertenecen a Balneario de Lanjarón S.A. En dichos jardines se encuentra otro de los nacimientos de Lanjarón, aunque no demasiado llamativo. Como en el caso anterior este jardín tiene un acceso oeste, que nos viene bien para entrar, y otro este, que será el que usemos para salir.Seguimos por la larga calle principal de Lanjarón. Pronto deberemos abandonar la acera que llevamos —suponiendo que continuamos con la que da acceso a la Capuchina— porque nos encontramos ante la rotonda que da paso a la variante que permite salvar el pueblo para el tráfico rodado. Como digo sorteamos por su lado izquierdo y nos adentramos en la avenida de la Alpujarra, recta donde están situados la mayoría de los hoteles de Lanjarón. Termina en una brusca curva a la izquierda, de casi noventa grados, la llamada revuelta de Ana Gálvez. Tras ella continúa la calle también recta por breve trecho pues al poco nos encontramos con otra curva, igualmente pronunciada, de casi noventa grados otra vez, pero ahora a la derecha. Mas antes de pasarla observamos, a la izquierda, la ermita de San Roque. No está de más subir los tres escalones que conducen a la puerta y echar un vistazo por el ventanuco para ver la imagen del santo. Pero debemos continuar, inexorablemente, nuestro camino. Nos estamos adentrando ya en el centro del pueblo y, como comprobaremos, las aceras se van estrechando hasta casi no permitir el paso ni siquiera de una persona. Por eso no hay que tener complejos al usar la calzada para caminar, en este pueblo es inevitable. La calle es ahora recta, con alguna curva poco pronunciada. Se trata de la calle Real. Al poco veremos la torre de la iglesia y, bajo ella, el edificio de la misma. Visitémosla, veamos su retablo, la nave central, las capillas, y, en general todo lo que describo en el correspondiente apartado. A poco de salir del templo veremos el monolito dedicado a la memoria de sor Joaquina, una de las monjas que más se distinguió por su celo en la educación de los lanjaronenses. Sin prisa, pero sin pausa, llegamos a la principal plaza del pueblo, llamada de la Constitución, donde se halla ubicado el ayuntamiento y junto a él el segundo cañón de los tres que podremos ver, regalo de la armada. En este punto, abandonaremos la calle principal y nos adentraremos en el Barrio Hondillo, siempre continuando en dirección este. Veremos las viejas casas, los portales multicolores por la masiva presencia de macetas, y los pilares igualmente adornados. La llamada placetilla colorá, por la que pasaremos, es el único espacio abierto —dentro de lo abierto que puede ser— del barrio, en ella se han rodado varios anuncios televisivos. Finalmente la calle principal del Barrio Hondillo desemboca en la principal del pueblo, a la que retornamos. Pero aún seguimos unos metros en sentido este pues nos quedan tres puntos de interés. Uno es el cementerio, que no podremos visitar pues no suele estar abierto pero cuyo muro veremos a nuestra izquierda, así como los altos cipreses que lo habitan. A continuación, pasada la gasolinera, podremos ver la capilla de San Sebastián y unos metros más allá el tercero de los cañones, más moderno éste y al que los niños no pueden resistirse pues es completamente accesible. También merece ser visto el río desde el puente que permite a la carretera salvarlo, adyacente al cañón. El lamentable aspecto que ofrece ahora mismo, lleno de basura, habla mal de la eficacia del ayuntamiento, pero la perspectiva que puede divisarse del valle que el río forma, de puente para arriba, es, ciertamente destacable. El puente sobre el río Lanjarón es el límite oriental a nuestro paseo. A partir de aquí vamos a movernos en dirección oeste, pero no por el mismo camino, variaremos. Momentáneamente sí volvemos sobre nuestros pasos, pero en lugar de adentrarnos en el Barrio Hondillo de nuevo continuamos por la calle principal, que ahora se llama Señor de la Expiración, hasta encontrarnos la rotonda que da acceso a la variante de Lanjarón, que tomaremos. Es esta variante una construcción reciente, terminada el dos mil cuatro, destinada a aliviar el incesante tráfico rodado que antes se veía obligado a pasar por el centro del pueblo. Con una longitud de unos mis doscientos metros está dotada de aceras a todo lo largo de su recorrido con lo que no se nos hará difícil la marcha. Pero ya cerca del final algo nos llamará la atención. Sí, se trata del castillo, bueno, de las ruinas de lo que en su día debió asemejarse a un castillo. ¿Cómo no visitarlas? Imposible estando ya aquí. En un determinado punto, en la acera izquierda —siempre en sentido Granada, el que llevamos ahora mismo— se nos abrirá una pista sin asfaltar, fácilmente reconocible porque es la única que se abre teniendo el susodicho castillo a la vista, justo delante. Si la tomamos tras un breve recorrido, no más de cinco minutos, llegaremos a nuestro objetivo. El castillo está abierto no estaría bien llegar hasta aquí y no entrar. No vamos a ver gran cosa, pues por no tener no tiene ni suelo, viéndose sólo la roca desnuda, pero al menos admiraremos el paisaje y, una vez allí, podremos dejar la imaginación y sentirnos por unos minutos los defensores de tan inexpugnable fortaleza, notar las vibraciones que sin duda han dejado quienes allí lucharon, en algún caso, quizá, incluso murieron. Finalmente deberemos abandonar el lugar, volver a la pista sin asfaltar y regresar a la variante. Una vez en ella continuaremos en dirección Granada —esto es, hacia poniente— hasta tropezar con la rotonda oeste de acceso a dicha variante. A partir de ahí retomamos la avenida de la Alpujarra, que ya hemos pisado, volvemos a pasar junto a los jardines del balneario, junto al balneario mismo, y junto al parque del Salado, enfilamos la recta de entrada al pueblo y llegamos, sin problemas, a la fuente de Las Adelfas, donde habíamos dejado el coche. Estamos en el punto de partida nuevamente, pero hemos recorrido y visto Lanjarón. |






